Antonio Oteiza fue mucho más que escultor, pintor y religioso. Fue un viajero incansable, un observador apasionado del ser humano y un creador que encontró en el arte una manera de expresar aquello que las palabras no siempre alcanzan. Su obra, profundamente ligada a la experiencia, la espiritualidad y el encuentro con otras culturas, conserva la fuerza de una vida vivida con curiosidad, libertad y emoción.
El arte como forma de encuentro
Antonio Oteiza Embil (San Sebastián, 1926 – Madrid, 2025)** fue escultor, pintor, escritor, fraile capuchino, misionero y viajero. Pero cualquiera de esas palabras, tomada por separado, resulta insuficiente para explicar una vida en la que creación, espiritualidad y experiencia humana terminaron formando una sola cosa.
Nació en San Sebastián el 26 de junio de 1926, en una familia en la que el arte tendría una presencia excepcional. Su hermano Jorge Oteiza, dieciocho años mayor, se convertiría en una de las figuras esenciales de la escultura española del siglo XX. Antonio, sin embargo, seguiría un camino profundamente personal. A los diez años se trasladó a Orio y en 1945 ingresó en el noviciado de los Capuchinos en Bilbao. Estudió Filosofía y Teología y fue ordenado sacerdote en Madrid en 1953.
Poco después comenzó la experiencia que marcaría decisivamente su mirada: América.
Fue destinado como misionero a Cuba y posteriormente vivió y viajó por Venezuela y otros territorios del continente. Recorrió el Orinoco, convivió con comunidades indígenas y descubrió formas de vida en las que la naturaleza, la fraternidad, la precariedad y el sentido de comunidad estaban íntimamente unidos. Aquellos años no fueron simplemente una etapa anterior a su dedicación artística. Fueron, en buena medida, el lugar donde nació su arte.
El propio Oteiza recordaba que su inclinación hacia la escultura surgió de una necesidad concreta. En Venezuela quiso realizar un monumento conmemorativo de la presencia capuchina en aquellas tierras. Buscó un escultor y, al no encontrarlo, buscó barro y decidió hacerlo él mismo. Tenía alrededor de treinta años.
Aquel gesto contiene algo esencial de su personalidad: "antes que una profesión, para Antonio Oteiza el arte fue una necesidad de expresión".
>"El arte crece más desde la sangre que desde la razón"
> — Antonio Oteiza
Regresó a Madrid en 1961 y planteó a sus superiores la posibilidad de dedicarse al arte religioso. Recibió formación del escultor Víctor de los Ríos y del pintor Amadeo Roca, instaló un pequeño taller en el convento capuchino de Cuatro Caminos y comenzó una etapa de búsqueda que lo llevaría progresivamente desde una figuración de raíz académica hacia un lenguaje cada vez más personal, expresivo y esencial.
Trabajó la madera, la piedra y la cerámica. Estudió también en la Escuela Internacional de Perugia, en Italia, y participó en aquellos años en el clima de renovación del arte religioso que acompañó al Concilio Vaticano II. La suya no sería una imaginería destinada simplemente a repetir modelos heredados. Oteiza buscaba que la materia fuese capaz de transmitir emoción, inquietud, dolor, ternura, espiritualidad.
En 1969 vivió un episodio singular de su trayectoria: trabajó durante un tiempo en Arantzazu junto a su hermano Jorge, en el extraordinario proyecto artístico de la Basílica. Fue la única ocasión en que ambos hermanos trabajaron juntos. La cercanía entre ellos no borró sus profundas diferencias creativas. Antonio lo explicó con especial lucidez: mientras Jorge había construido un arte intensamente razonado y teorizado, él se sentía atraído por la espontaneidad y por la frescura del arte popular.
Y volvió a viajar.
En 1970 partió hacia Brasil y remontó durante meses el Amazonas. Después vivió en los Andes peruanos, fue párroco de Angasmarca y continuó recorriendo territorios y culturas. De aquellas experiencias nacieron también libros y cuadernos de viaje. Antonio se definía con frecuencia como un **aventurero**, quizá porque nunca quiso separar completamente la creación artística de la experiencia de vivir.
Sus viajes transformaron su manera de mirar. Frente a una concepción exclusivamente intelectual del arte, Oteiza encontró inspiración en los pueblos indígenas, en las culturas populares, en la sencillez de sus objetos y en la naturalidad de unas comunidades para las que crear todavía formaba parte de la propia vida.
Su escultura fue adquiriendo así una extraordinaria capacidad narrativa. Figuras humanas, escenas religiosas, peregrinos, santos, trabajadores, músicos, personajes bíblicos o acontecimientos cotidianos aparecen atravesados por una gestualidad poderosa. En sus obras hay cuerpos que parecen hablar, caminar, sufrir, rezar, abrazarse o interrogar al espectador.
La dimensión religiosa ocupa un lugar fundamental en su producción, pero reducirla a una simple categoría de “arte sacro” sería empobrecerla. En Antonio Oteiza, lo espiritual aparece continuamente unido a lo humano. Su Cristo es también sufrimiento; sus peregrinos son también cansancio y búsqueda; sus figuras franciscanas hablan de fraternidad, pobreza y encuentro.
Él mismo defendió que la belleza podía convertirse en un camino hacia la verdad y la bondad. Y esa idea permite comprender buena parte de su trayectoria: **hacer visible aquello que las palabras no siempre alcanzan a expresar**.
Antonio Oteiza falleció en Madrid el 4 de agosto de 2025, pocas semanas después de haber cumplido 99 años. Dejaba tras de sí casi un siglo de existencia atravesado por la fe, los viajes, la aventura, la creación y una curiosidad que pareció acompañarlo hasta el final.
Su obra constituye hoy el testimonio de un artista difícil de encerrar en una escuela. Un creador que aprendió en talleres y academias, pero también en el Amazonas, en los Andes, en las misiones, en los caminos y, sobre todo, observando a las personas.
En el Museum, sus esculturas y pinturas permiten recorrer precisamente ese universo. No hablan únicamente de la trayectoria de un artista.
"Hablan de un hombre que recorrió el mundo buscando comprenderlo y que encontró en el arte una de las maneras más profundas de contarlo"