| Colección: | El Libro de Job y 42 pinturas |
| Autor: | Fr. Antonio Oteiza |
| Tipo: | Pintura |
| Ubicación: | Sala de catalogación |
| Características: | Pintura acrílica sobre cartón |
| Obra: |
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| Descripción: |
Respondió Job: Sé muy bien que es así: que el hombre no lleva razón con Dios. Aunque pretenda pleitear con él, no le responderá de mil razones una. Sabio de mente, rico de fuerza, ¿quién le resiste y queda ileso? Él desplaza las montañas de improviso y las vuelca con su cólera; estremece la tierra en sus cimientos y sus columnas retiemblan; manda al sol que no brille y guarda bajo sello las estrellas; él solo despliega el cielo y camina sobre el dorso del mar; creó la Osa y Orión, las Pléyades y las Cámaras del Sur; hace prodigios incomprensibles, maravillas sin cuento. Si cruza junto a mí, no lo veo, pasa rozándome y no lo siento. Si agarra una presa, ¿quién se la quitará?, ¿quién podrá decirle: «¿Qué estás haciendo»? Dios no cede en su enojo, bajo él se encorvan las legiones del Caos. ¡Cuánto menos podré yo replicarle o escoger argumentos contra él! Aunque tuviera yo razón, no recibiría respuesta, tendría que suplicar a mi adversario; aunque lo citara para que me respondiera, no creo que me hiciera caso; me arrollaría con la tormenta y me heriría mil veces sin motivo; no me dejaría ni tomar aliento, me saciaría de amargura. Si se trata de fuerza y poderío, ahí están; pero si se trata de derecho, ¿quién me cita a mí? Aunque tuviera yo razón me condenaría, aunque fuera inocente, me declararía perverso. Soy inocente; no me importa la vida, desprecio la existencia; pero es lo mismo -os lo juro-: Dios acaba con inocentes y culpables. Si una calamidad siembra muerte repentina, él se burla de la desgracia del inocente; deja la tierra en poder de los malvados y venda los ojos a sus gobernantes: ¿quién sino él lo hace? Mis días corren más que un correo y se escapan sin probar la dicha; se deslizan como lanchas de papiro, como águila que se abate sobre la presa. Y si me digo: «Olvidaré mi aflicción, pondré buena cara», temo toda clase de desgracias, sabiendo que no me absolverá. Y si soy culpable, ¿para qué fatigarme en vano? Aunque me frotara con jabón y me lavara las manos con lejía, me hundirías en el fango y mis vestidos me darían asco. Dios no es un hombre como yo para decirle: «Vamos a comparecer en juicio». No hay un árbitro entre nosotros que pueda poner la mano sobre ambos y apartar de mí su vara, para que no me enloquezca con su terror. Así hablaría sin miedo; de lo contrario no soy dueño de mí mismo. |