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Capítulo 30

Colección:El Libro de Job y 42 pinturas
Autor:Fr. Antonio Oteiza
Tipo:Pintura
Ubicación:Sala de catalogación
Características: Pintura acrílica sobre cartón
Obra:
Capítulo 30

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Descripción:

Ahora, en cambio, se burlan de mí muchachos más jóvenes que yo, a cuyos padres habría rehusado dejar los perros de mi rebaño, cuyos brazos no me habrían servido, sin fuerzas como estaban.

Andaban enjutos de hambre y necesidad, royendo la estepa, de noche en el yermo desolado, arrancando armuelles por los matorrales, alimentándose de raíces de retama; expulsados de los poblados, a gritos, como ladrones, habitando en barrancos espantosos, en cuevas y cavernas, aullando entre los matorrales, apretujándose bajo las ortigas.

¡Chusma vil, prole sin nombre, arrojada del país a latigazos!

Ahora, en cambio, me sacan coplas, soy el tema de sus burlas, me aborrecen, se distancian de mí y aun se atreven a escupirme a la cara.

Dios ha soltado mi cuerda y me ha humillado y ellos se desenfrenan contra mí.

A mi derecha se levanta una canalla que apisona caminos para mi exterminio; deshacen mi sendero, trabajan mi ruina y nadie los detiene; irrumpen por una ancha brecha en avalancha, como tormenta.

Se vuelven contra mí los terrores, se disipa como el aire mi dignidad, y pasa como nube mi ventura.

Ahora quiero desahogarme: me atenazan días de aflicción, la noche me taladra hasta los huesos, pues no duermen las llagas que me roen.

Él me agarra con violencia por la ropa y me sujeta por el cuello de la túnica, me arroja en el fango y me confundo con el barro y la ceniza.

Te pido auxilio, y no me haces caso; insisto, y me clavas la mirada.

Te has vuelto mi verdugo y me atacas con tu brazo musculoso.

Me levantas en vilo, me paseas y me sacudes en el huracán.

Ya sé que me devuelves a la muerte, donde se dan cita todos los vivientes.

¿No alarga uno la mano al hundirse, o no grita «socorro» en el desastre?

¿No lloré con el oprimido, no tuve compasión del pobre?

Esperé dicha, me vino desgracia; esperé luz, me vino oscuridad.

Me hierven las entrañas y no se acallan, días de aflicción me salen al encuentro.

Camino sombrío, lejos del sol, y en la asamblea me levanto a pedir auxilio; me he vuelto hermano de los chacales y compañero de los avestruces.

Mi piel se ennegrece y se me cae, mis huesos se queman de fiebre.

Mi cítara está de luto y mi flauta acompaña al llanto.

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