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Capítulo 31

Colección:El Libro de Job y 42 pinturas
Autor:Fr. Antonio Oteiza
Tipo:Pintura
Ubicación:Sala de catalogación
Características: Pintura acrílica sobre cartón
Obra:
Capítulo 31

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Descripción:

Yo hice un pacto con mis ojos de no fijarme en doncella.

A ver, ¿qué suerte reserva Dios desde el cielo, qué herencia el Todopoderoso desde lo alto?

¿No reserva la desgracia para el criminal y el fracaso para los malhechores?

¿No ve él mis caminos, no me cuenta los pasos?

¿He caminado con el embuste, han corrido mis pies tras la mentira?

Que me pese Dios en balanza sin trampa y comprobará mi honradez.

Si aparté mis pasos del camino, siguiendo los caprichos de los ojos, o se me pegó algo a las manos, ¡que otro coma lo que yo siembre y que me arranquen mis retoños!

Si me dejé seducir por una mujer y aceché a la puerta del vecino, ¡que mi mujer muela para un extraño y que otros se acuesten con ella! (Eso es una infamia, un delito que compete a los jueces; fuego que devora hasta lo hondo y arranca de raíz mis cosechas).

Si denegué su derecho al esclavo o a la esclava, cuando pleiteaban conmigo, ¿qué haré cuando Dios se levante, qué responderé cuando me interrogue?

El que me hizo a mí en el vientre, ¿no lo hizo a él?, ¿no nos formó uno mismo en el seno?

Desde mi infancia me crió como padre y desde el seno materno me guió.

Si negué al pobre lo que deseaba o dejé consumirse en llanto a la viuda, si comí el pan yo solo sin repartirlo con el huérfano, si vi al vagabundo sin vestido y al pobre sin nada con que cubrirse, y no me dieron las gracias sus carnes, calientes con el vellón de mis ovejas; si alcé la mano contra el inocente cuando yo contaba con el apoyo del tribunal, ¡que se me desprenda el hombro de la paletilla y se me descoyunte el brazo!

Porque el terror de Dios me espantaría y me anonadaría su sublimidad.

Si mi tierra ha gritado contra mí o sus surcos han llorado juntos, si comí su cosecha sin pagarla asfixiando a los braceros, ¡que mi tierra dé espinas en vez de trigo; en vez de cebada, ortigas!

Lo juro: No puse en el oro mi confianza ni llamé al metal precioso mi seguridad; no me complacía con mis grandes riquezas, con la fortuna amasada por mis manos.

Mirando al sol resplandeciente o a la luna caminar con esplendor, no me dejé seducir secretamente ni les envié un beso con la mano. (También esto es delito que compete a los jueces, pues habría negado al Dios del cielo).

No me alegré en la desgracia de mi enemigo, ni su mal fue mi alborozo, ni dejé que mi boca pecara deseándole la muerte.

¡Lo juro! Cuando los hombres de mi campamento dijeron: «ojalá nos dejen saciarnos de su carne», el forastero no tuvo que dormir en la calle, porque yo abrí mis puertas al caminante.

No oculté mi delito como Adán ni escondí en el pecho mi culpa.

Por temor al griterío de la gente, por miedo al desprecio de mi clan, no me estuve encerrado y en silencio.

¡Ojalá hubiera quien me escuchara!
¡Aquí está mi firma! Que responda el Todopoderoso, que mi rival escriba su alegato: lo llevaría al hombro o me lo ceñiría como una diadema; le daría cuenta de mis pasos y avanzaría hacía él como un príncipe.

Fin de los discursos de Job.

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