| Colección: | Música en bronce (Antonio Oteiza) |
| Autor: | Fr. Antonio Oteiza |
| Inventario: | MCO-AO-ES-00050 |
| Tipo: | Escultura |
| Características: | Trikititxa es una escultura exenta en bronce formada por dos figuras de pie, reunidas en una composición compacta y marcadamente vertical. El músico situado a la izquierda sostiene el acordeón diatónico, reconocible por el fuelle abierto y por la sucesión de pliegues que concentra buena parte del ritmo visual de la obra. A su lado, una segunda figura completa la escena musical. Los cuerpos están construidos mediante grandes planos, cavidades, aristas y superficies de modelado irregular. Oteiza prescinde del detalle anatómico y de la descripción individual de los rostros para concentrarse en la postura, el gesto y la relación entre ambos intérpretes. La pátina verde oscura se extiende de manera desigual sobre el bronce y se combina con zonas negras, pardas y pequeños afloramientos cobrizos en las partes más salientes. Las variaciones cromáticas acentúan el relieve del acordeón, perfilan las cabezas y hacen visibles los cambios de dirección de la materia. El grupo se apoya sobre un basamento integrado en la fundición y, a su vez, sobre una peana rectangular de mármol negro. La superficie pulida de la piedra establece un contraste preciso con la textura quebrada y orgánica del bronce. |
| Obra: |
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| Descripción: |
En Trikititxa, Antonio Oteiza aborda una de las expresiones más reconocibles de la cultura musical vasca. La trikitixa, vinculada tradicionalmente al acordeón diatónico y a la música interpretada en fiestas, romerías y encuentros populares, no aparece como una estampa costumbrista. El escultor parte de una realidad cercana para construir una imagen contemporánea de la identidad compartida. La composición se articula a partir de dos presencias humanas que crecen desde una misma base. Aunque cada intérprete conserva su posición, los cuerpos se aproximan hasta formar una estructura casi indivisible. La música no se representa como una acción individual, sino como una experiencia que necesita escucha, coordinación y compañía. La figura del acordeonista domina el lado izquierdo. El instrumento ocupa la parte superior del torso y se proyecta hacia delante mediante un volumen ancho y articulado. Sus pliegues, tratados como una sucesión de planos verticales, hacen visible el movimiento de apertura y cierre del fuelle. Oteiza logra así trasladar al bronce una acción musical sin recurrir a una representación minuciosa. La segunda figura introduce un ritmo diferente. Su cuerpo se inclina ligeramente y se recoge en torno al elemento que sostiene ante sí. Más que actuar como acompañante secundario, equilibra la presencia del acordeonista y completa la estructura del conjunto. Entre ambos se establece una relación de proximidad que permite imaginar el intercambio musical. Los rostros apenas contienen rasgos reconocibles. La identidad de los personajes no depende de su apariencia individual, sino de su actitud y de la función que desempeñan dentro de la escena. Oteiza convierte a los intérpretes en figuras universales y, al mismo tiempo, profundamente vinculadas a una cultura concreta. La obra exige ser contemplada desde distintos ángulos. En la vista frontal, las dos figuras aparecen claramente reunidas y los instrumentos concentran la atención. Desde los laterales, se descubre cómo los brazos, los cuerpos y los volúmenes musicales avanzan y retroceden, abriendo cavidades profundas. En el reverso, la narración se vuelve menos explícita y la escultura adquiere una condición más compacta, cercana a una arquitectura de formas humanas. La superficie desempeña un papel esencial. Los cortes, pliegues y rugosidades capturan la luz de manera irregular, mientras las aristas pulidas producen destellos cálidos. El bronce no ofrece una piel uniforme: parece vibrar, tensarse y cambiar a medida que el espectador rodea la pieza. La pátina verde aporta profundidad y unifica el conjunto. En los entrantes adquiere tonalidades oscuras, mientras los bordes del acordeón, los rostros y determinadas líneas de los cuerpos dejan aflorar el color cobrizo del metal. La luz crea así una cadencia visual que acompaña el sentido musical de la obra. El basamento integrado convierte a las figuras en parte de un mismo suelo. No hay distancia física entre los músicos y el espacio que ocupan: ambos emergen de una materia común. La peana de mármol negro, más regular y silenciosa, delimita la escultura y refuerza su verticalidad. Antonio Oteiza consigue representar la música mediante un material inmóvil y silencioso. El movimiento no depende de una postura exagerada, sino de la tensión entre los cuerpos, del despliegue del fuelle y de la fragmentación de los planos. Todo en la obra parece contener un ritmo que no se escucha, pero puede percibirse visualmente. Trikititxa une tradición y modernidad sin convertir la cultura vasca en una imagen folclórica cerrada. El escultor reconoce en esta música una forma de reunión y pertenencia: una práctica transmitida entre generaciones que continúa viva cada vez que varias personas se encuentran para tocar, escuchar y celebrar. La obra habla, en último término, de una comunidad que se reconoce en sus sonidos. Oteiza transforma esa memoria musical en una presencia sólida y duradera, haciendo que el bronce parezca conservar el eco de una melodía compartida. |