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Txistulari I

Colección:Música en bronce (Antonio Oteiza)
Autor:Fr. Antonio Oteiza
Inventario:MCO-AO-ES-00056
Tipo:Escultura
Características: Txistulari I es una escultura exenta en bronce de composición vertical, estrecha y densamente articulada. La figura aparece de pie, sosteniendo el txistu junto al rostro, mientras un segundo elemento vinculado a la percusión ocupa la zona central del cuerpo y aporta peso al conjunto. La anatomía se construye mediante planos superpuestos, concavidades, aristas y volúmenes de espesor cambiante. El rostro carece de rasgos individualizados, y las manos se integran en los instrumentos, de modo que intérprete y acción musical quedan reunidos en una misma masa escultórica. La pátina combina verdes, ocres, pardos y zonas oscuras con reflejos cobrizos en las partes más expuestas. La superficie mantiene visibles incisiones, estrías, depresiones y acumulaciones de materia que fragmentan la luz y conservan la energía directa del modelado. La obra se asienta sobre una base integrada en el bronce y una peana rectangular de piedra oscura pulida. La regularidad del soporte refuerza la verticalidad de la figura y contrasta con la complejidad orgánica de sus volúmenes.
Obra:
Txistulari I

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Descripción:

El txistulari ocupa un lugar reconocible dentro de la cultura vasca. Su música acompaña danzas, celebraciones, procesiones y numerosos actos de carácter comunitario. Sin embargo, Antonio Oteiza no representa una fiesta concreta ni reconstruye una escena costumbrista. Su atención se dirige hacia el intérprete y hacia la exigencia física de hacer convivir melodía y ritmo en un solo cuerpo.

La figura aparece erguida y concentrada. El txistu asciende hasta el rostro y establece una línea vertical que conecta respiración, mano y cabeza. Frente a ella, el volumen central asociado a la percusión se adelanta y ensancha la composición. Oteiza organiza así la obra mediante dos impulsos complementarios: uno eleva el sonido; el otro le proporciona medida y gravedad.

El escultor evita cualquier descripción minuciosa de la ejecución musical. Las manos no reproducen una digitación precisa y los instrumentos no se presentan como objetos independientes. Todo queda integrado en una estructura compacta en la que resulta difícil separar con claridad el cuerpo de aquello que sostiene y hace sonar.

Esta fusión constituye una de las claves de la obra. El músico no porta simplemente sus instrumentos: queda configurado por ellos. La postura, la distribución de los brazos y el equilibrio de las masas responden a la acción musical, como si el cuerpo entero se hubiera adaptado a la necesidad de respirar, sostener, pulsar y marcar el ritmo.

La cabeza se reduce a un volumen anguloso y casi anónimo. Oteiza renuncia a la expresión facial como recurso principal y desplaza la intensidad hacia la actitud general de la figura. No interesa tanto el retrato de un individuo como la concentración de quien domina una práctica transmitida y repetida a lo largo del tiempo.

La aparente quietud contiene, en realidad, una actividad compleja. El cuerpo no realiza un movimiento amplio, pero en su interior deben coordinarse el soplo, la posición de los dedos, la escucha y la percusión. La escultura convierte esa multiplicidad de acciones en una tensión contenida.

El volumen situado frente al torso desempeña una función decisiva. Sobresale del eje vertical y se convierte en centro de gravedad de la composición. Sus planos compactos se equilibran con las cavidades de la parte superior, donde brazos, instrumento y cabeza abren espacios de sombra que aligeran la densidad del bronce.

Esos vacíos no son zonas secundarias. Permiten respirar a la forma y hacen perceptible la relación entre las distintas partes. En torno al rostro y a los brazos, el espacio vacío sugiere también el ámbito invisible del aire y del sonido, elementos que la escultura no puede representar de manera literal.

La parte inferior aparece más cerrada y estable. Las piernas se integran en una masa estrecha que sostiene los volúmenes superiores. Esta firmeza evita que la acumulación de formas de la zona media y alta rompa el equilibrio general y refuerza la sensación de arraigo.

La obra ofrece lecturas distintas según el punto de vista. De frente, se percibe la sucesión ascendente de base, cuerpo, instrumento y cabeza. Desde los laterales, el volumen de percusión adquiere mayor presencia y se comprende mejor la forma en que el cuerpo se curva alrededor de él. En el reverso, la figura pierde parte de su carácter narrativo y se transforma en una construcción casi arquitectónica, dominada por grandes planos verticales.

La superficie desempeña un papel esencial en esa transformación. Cortes, estrías, relieves y depresiones impiden que la luz se deslice de forma uniforme. Cada irregularidad reactiva una parte del cuerpo y hace que la figura se recomponga visualmente a medida que el espectador la rodea.

La pátina unifica esta diversidad formal. Los verdes y las tierras aportan profundidad y una cualidad casi mineral, mientras los reflejos cobrizos señalan la cabeza, las manos, los instrumentos y las aristas. El color no decora el bronce: revela su estructura y acompaña el recorrido del gesto musical.

Antonio Oteiza aborda una tradición profundamente vinculada a la identidad vasca sin convertirla en una imagen pintoresca. El txistulari aparece como depositario de una memoria viva, pero también como figura universal del intérprete: alguien que convierte respiración, técnica y escucha en una experiencia compartida.

Txistulari I conserva el instante en que el músico reúne fuerzas diferentes dentro de una misma acción. El aire se transforma en melodía, el golpe establece el ritmo y el cuerpo actúa como punto de encuentro entre ambos. En el silencio del bronce permanece, así, la disciplina de una música destinada a ser escuchada por la comunidad.

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