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Txalaparta

Colección:Música en bronce (Antonio Oteiza)
Autor:Fr. Antonio Oteiza
Inventario:MCO-AO-ES-00053
Tipo:Escultura
Características: Txalaparta es un conjunto escultórico exento en bronce formado por dos intérpretes situados a ambos lados del instrumento. La composición se organiza en torno a un eje horizontal definido por las tablas, mientras los cuerpos inclinados y las makilak introducen movimientos verticales y diagonales. Las figuras han sido reducidas a grandes planos, concavidades y volúmenes irregulares. Los rostros carecen de rasgos individualizados, y la expresividad se concentra en la inclinación de los torsos, la posición de los brazos y la relación física que ambos músicos establecen con el instrumento. La pátina combina verdes apagados, ocres, pardos y reflejos cobrizos. Los tonos más oscuros se acumulan en las cavidades y uniones de los cuerpos, mientras los bordes, las cabezas, los brazos y las makilak recuperan la calidez luminosa del bronce. La superficie de las tablas está recorrida por incisiones longitudinales que evocan la textura de la madera y refuerzan la dirección horizontal del conjunto. La obra se asienta sobre una peana rectangular de mármol negro pulido, cuya geometría estable delimita el espacio de la escena.
Obra:
Txalaparta

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Descripción:

La txalaparta es un instrumento tradicional vasco cuya interpretación depende de la participación coordinada de dos personas. Las tablas se golpean con palos verticales, conocidos como makilak, y el ritmo se construye mediante una sucesión de intervenciones alternadas.

Su singularidad no reside únicamente en el sonido de la madera, sino en la relación entre quienes la interpretan. Cada golpe escucha, continúa o modifica el anterior. La música no pertenece por completo a ninguno de los ejecutantes: nace en el espacio común que ambos crean.

Antonio Oteiza convierte esa dimensión compartida en el verdadero centro de la escultura. No presenta a uno de los músicos como protagonista ni establece una jerarquía entre ellos. Los dos cuerpos se inclinan hacia el instrumento y quedan unidos por una acción que exige atención, precisión y reciprocidad.

Las figuras se sitúan a ambos lados de las tablas y forman una composición abierta. Sus torsos curvados enmarcan un amplio vacío central, mientras las cabezas se adelantan hacia la zona de percusión. La postura transmite concentración, pero también una disposición hacia el otro: cada intérprete parece actuar mientras permanece atento a la respuesta que recibirá.

Oteiza renuncia a describir los cuerpos de manera naturalista. La anatomía se simplifica en superficies cóncavas, bordes quebrados y masas de espesor cambiante. Brazos, hombros, vestimenta y torso se funden en formas continuas que conservan la energía directa del modelado.

Las makilak aparecen en diferentes posiciones. Algunas permanecen elevadas y otras se aproximan a las tablas, sugiriendo distintos momentos de la acción. Esta variación introduce una secuencia visual comparable a la alternancia de los golpes y permite imaginar el ritmo sin que exista movimiento real.

La oposición entre horizontalidad y verticalidad estructura toda la obra. Las tablas forman un plano largo, firme y estable; los palos interrumpen ese recorrido con impulsos verticales. Los cuerpos, inclinados en diagonal, enlazan ambas direcciones y conducen la mirada hacia el centro.

El vacío comprendido entre los intérpretes tiene una presencia decisiva. No es una separación que los aísle, sino el espacio donde se encuentran sus gestos y donde parece propagarse el sonido. Oteiza utiliza la ausencia de materia para representar la dimensión invisible de la música.

Las amplias concavidades de los cuerpos refuerzan esta idea. Las figuras parecen abrirse hacia el instrumento y comportarse como superficies de resonancia. La forma humana deja de ser un volumen cerrado y se convierte en parte del acontecimiento sonoro.

La txalaparta adquiere también una dimensión arquitectónica. Sus tablas y apoyos construyen una plataforma que ordena la escena, separa a los músicos y, al mismo tiempo, los reúne. Bajo el plano de percusión se abre un espacio longitudinal que aligera la base y aporta profundidad al conjunto.

Al contemplar la obra desde distintos ángulos, la escena se transforma. Desde el frente destaca el diálogo entre los intérpretes y la sucesión de las makilak. Las vistas laterales muestran con mayor claridad la inclinación de los cuerpos y la profundidad de las grandes concavidades. Desde la parte posterior, las figuras pierden parte de su dimensión narrativa y se perciben como dos masas que protegen el espacio central.

La superficie mantiene visibles incisiones, presiones, acumulaciones y cambios abruptos de plano. El bronce no busca imitar con exactitud la piel, la ropa o la madera, sino expresar la intensidad material de la interpretación. Las marcas longitudinales de las tablas sugieren, además, el desgaste y la memoria de una acción repetida.

La pátina contribuye a diferenciar los elementos sin deshacer su unidad. Los verdes y ocres aportan profundidad a las figuras, mientras las tonalidades más cálidas de las tablas refuerzan la presencia del instrumento. Los reflejos cobrizos recorren las zonas salientes y hacen que los gestos se reactiven con cada cambio de luz.

Oteiza aborda una tradición vasca sin convertirla en una representación costumbrista. La txalaparta no aparece como objeto pintoresco ni como pieza aislada del pasado, sino como una forma viva de comunicación y creación colectiva.

La obra habla de música, pero también de convivencia. Para construir el ritmo es necesario intervenir y dejar espacio, proponer y escuchar, sostener una iniciativa y aceptar la respuesta del otro. En esa alternancia reside la fuerza simbólica de la escena.

En Txalaparta, Antonio Oteiza consigue que el silencio del bronce contenga la lógica de una música compartida. Los golpes no pueden oírse, pero permanecen sugeridos en la posición de las makilak, en la inclinación de los cuerpos y en el espacio de relación que se abre entre los dos intérpretes.

Obras de la colección